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EL LENGUAJE DE DIOS

 

 La ciencia perdida de la oración y de la profecía

Las antiguas tradiciones sugieren que el efecto de la oración procede de algo que no son las palabras en sí mismas. Quizás esta sea la razón por la que haya tanta gente que parezca haber perdido la fe en la oración. Tras las revisiones de la Biblia en el siglo IV, los detalles subyacentes al lenguaje de la oración se fueron perdiendo gradualmente en las tradiciones occidentales, dejando sólo las palabras. En esta era, muchos empezaron a creer que el poder de la oración residía sólo en la palabra hablada. Las revelaciones de los textos anteriores al siglo iv, sin embargo, nos recuerdan que no hay códigos mágicos en las vocales y las consonantes que nos abran las puertas a reinos olvidados. El secreto de la oración trasciende las palabras de alabanza, los encantamientos y los cantos rítmicos de los «poderes que son». * Mediante textos como los manuscritos del mar Muerto, se nos invita a vivir la intención de nuestra oración en nuestras vidas, pues si las palabras sólo se «repiten con los labios, son como una colmena muerta… que no da más miel».1

* En el lenguaje esenio se hace referencia a los ángeles de muchas formas, una de ellas es como fuerzas o poderes. (Nota de la T )

EXPRESAR LO INEFABLE

El poder de la oración reside en una fuerza que no se puede describir ni transmitir como la palabra escrita; son los sentimientos que sus palabras evocan en nuestro interior. Es el ‘sentimiento que ponemos en nuestras oraciones el que nos abre la puerta e ilumina nuestro camino hacia las fuerzas visibles e invisibles. Aunque, con frecuencia, otras referencias antiguas hacen alusión a este aspecto de nuestra comunión con la creación, el abad del Tíbet nos confirmó el elemento del sentimiento en la oración durante nuestra audiencia privada.

Respecto a mi pregunta sobre lo que les estaba ocurriendo interiormente a los monjes y a las monjas cuando contemplábamos la expresión exterior de sus oraciones, el abad respondió con una sola palabra: sentimiento. Las expresiones externas de la oración qué presenciamos en los monasterios del Tíbet eran una manifestación de los movimientos y sonidos que utilizaban los monjes y las monjas para crear los sentimientos en su interior. El abad llevó su reo puesta todavía un poco más lejos cuando nos dijo que el sentir miento era algo más que un factor en la oración. ¡Hizo hincapié en que el sentimiento es la oración!

A través de la comunión con los elementos de este mundo, se nos abren las puertas a los grandes misterios de la vida, a la oportunidad de «ver lo invisible, escuchar lo inaudible y expresar lo inefable». La oración en su forma más pura no tiene expresión externa. Aunque podamos pronunciar una secuencia de palabras prescrita que nos ha sido transmitida de generación en generación, esta ha de originar un sentimiento dentro de nosotros, para que llegue al mundo que nos rodea. En el mejor de los casos, cualesquiera que sean las palabras que escojamos para recitar nuestras oraciones en voz alta, sólo serán una aproximación al sentimiento interior que intentan describir. ¿Cómo pudieron los grandes maestros hace dos mil años enseñar estos sentimientos? ¿Cómo podemos compartirlos hoy en día?

Muchas veces, cuando me piden que hable a grupos sobre la oración, surge una pregunta que me recuerda una conversación que tuve hace años con mi madre. Una tarde, mientras hablábamos por teléfono entre breves visitas y a través de varias zonas horarias, yo estaba compartiendo mis impresiones acerca de un nuevo taller que había preparado sobre la compasión. Cuando le di mi definición de oración que comprendía sentimiento y emoción, mi madre me hizo una pregunta que me han hecho muchas personas desde aquel día en muchas y diversas situaciones. Abierta e inocentemente, me dijo sin más: «¿Cuál es la diferencia entre emoción y sentimiento? Siempre había pensado que eran lo mismo».

Sentía curiosidad por escuchar la visión de mi madre sobre estas, a veces, confusas experiencias que desempeñan un papel tan importante en nuestras vidas. Como cabía esperar, su explicación se asemejaba a las definiciones comúnmente aceptadas en la actualidad en Occidente. Por ejemplo, algunos diccionarios consideran ambas palabras casi sinónimas y usan cada una de ellas para definir a la otra. En The American Heritage Dictionary of the English Language, la palabra sentimiento es definida como «un estado emocional o disposición; una emoción tierna». (En el mismo texto, emoción la definen en un sitio como «sentimiento fuerte», y en otro como sinónimo de sentimiento.) Aunque estas definiciones puedan servir a los propósitos de nuestro mundo actual, los antepasados hacían una distinción. Además, aunque íntimamente relacionados, pensamiento y sentimiento se consideran elementos sin conexión, claves, que se pueden utilizar para realizar un cambio en las condiciones externas, en nuestro cuerpo, nuestro mundo y más allá de éste.

COMO ARRIBA…

En un relato de hace veinte siglos, las gentes de Tierra Santa hicieron una pregunta a sus guías que continúa resonando en nuestras mentes. Salvo por condiciones específicas, la pregunta sigue siendo inquietantemente similar. Respecto a la paz en el mundo, nuestros antepasados preguntaron: «¿Cómo, entonces, podemos traer paz nuestros hermanos… pues queremos que todos los Hijos de los Hombres compartan las bendiciones del ángel de la paz?».’ Los maestros esenios respondieron ilustrando el papel del pensamiento, del sentimiento y de la poderosa naturaleza de la oración. Sus palabras, desafiando nuestra lógica actual, nos recuerdan que la paz es algo más que la simple ausencia de agresión o de guerra. La paz trasciende el término de un conflicto o una declaración política. Aunque puede que forcemos el aspecto externo de la paz sobre un pueblo o una nación, es el pensamiento subyacente el que se has, de cambiar para crear una paz auténtica y duradera. Los maestros esenios, en palabras que, sorprendentemente, suenan muy similares a las budistas y cristianas, respondieron que «tres son las moradas del Hijo del Hombre… Su cuerpo, sus pensamientos y sus sentimientos… Primero el Hijo del Hombre deberá hallar la paz en su propio cuerpo. Luego el Hijo del Hombre deberá buscarla en sus pensamientos… Por ultimo buscará en sus sentimientos».3

Los antepasados nos ofrecieron una elocuente visión de uniforma de pensar que nos permite redefinir lo que hemos experimentado fuera recurriendo a aquello en lo que nos hemos convertido interiormente. Una escuela de medicina, similar en algunos aspectos al sistema de la práctica sanitaria occidental, aporta un cambio al atacar la enfermedad misma. Según este sistema se eliminan los cuera pos extraños mediante medicamentos, o se extirpan quirúrgica* mente los órganos y tejidos que parecen enfermos. Otra escuela de pensamiento trasciende la expresión externa del aspecto de nuestro cuerpo y va en busca de los factores subyacentes que pueden ser la causa de ese estado, donde las fuerzas invisibles del pensamiento, el sentimiento y la emoción se convierten en el plano que nos ayudará a comprender y cambiar las situaciones de nuestra vida que ya no nos sirven.

Para cambiar las condiciones del mundo exterior, se nos invita que primero las transmutemos desde dentro. Cuando lo hacemos, las nuevas condiciones de salud o de paz se proyectan en el mundo que nos rodea. Esto es esencial en el pasaje esenio que he citado’

Para aportar paz a nuestros seres queridos, primero hemos de convertirnos en esa paz. En el lenguaje de su tiempo, los autores de los manuscritos del mar Muerto incluso nos ofrecen revelaciones de la tecnología que facilita esta sanadora cualidad de la paz: se ha de producir en nuestros pensamientos, sentimientos y cuerpos. ¡Qué poderoso concepto y cuánta fuerza transmite!

Cuando comparto en grupo los pasajes de los esenios, observo las caras de las personas desde mi ventajosa situación en la parte frontal del aula. Al principio el cambio se produce lentamente. Mientras unas personas sencillamente anotan las palabras en sus cuadernos con pocas muestras de emoción, otras se entusiasman e inmediatamente captan el significado de las antiguas enseñanzas. Al confirmar ideas actuales con los manuscritos que nos legaron aquellos que siguieron el mismo camino y que buscaban las mismas confirmaciones hace dos mil años, se produce algo mágico.

A través de sus visiones, los esenios ancianos diferenciaban claramente entre emoción, pensamiento y sentimiento. Aunque el pensamiento y la emoción estén íntimamente relacionados, primero han de ser considerados aparte, y luego fundirse en una unión de sentimiento que se convierte en el lenguaje de creación silencioso. Las descripciones siguientes de cada experiencia son consignas que nos conducen al núcleo de nuestro perdido modo de orar.

Emoción

La emoción se puede considerar como la fuente de poder que nos guía hacia delante en nuestras metas en la vida. Mediante la energía de nuestra emoción alimentamos nuestros pensamientos para hacerlos realidad. Sin embargo, este poder de la emoción por sí solo puede desperdigarse y perder el rumbo. El pensamiento confiere una dirección a nuestras emociones, y éstas inyectan vida en la imagen producida por nuestros pensamientos.

Las tradiciones antiguas sugieren que somos capaces de tener dos emociones primarias. Quizá para ser más exactos, podríamos decir que a lo largo de nuestras vidas experimentamos varias condiciones que se resuelven en una sola emoción. El amor es un extremo de esas condiciones. Cualquier cosa que creamos que se opone al amor es el segundo extremo, con frecuencia definido como miedo. La calidad de nuestra emoción determina cómo se expresará esta. La emoción, unas veces fluyendo y otras alojada en los tejidos de nuestro cuerpo, está íntimamente relacionada con el deseo, que es la fuerza que conduce a nuestra imaginación a una resolución.

Pensamiento

El pensamiento se puede considerar como el sistema de guía que dirige nuestra emoción. La imagen o la idea creada por nuestro pensamiento es la que determina hacia dónde se dirige nuestra atención o emoción. El pensamiento está íntimamente relacionado con la imaginación. Sorprendentemente, para muchas personas, el pensamiento por sí solo no tiene mucha energía; es sólo una posibilidad sin energía que le dé vida. Es la belleza del pensamiento puro. Ante la ausencia de emoción, no hay poder que pueda hacer realidad nuestros pensamientos. Nuestro don del pensamiento carente de emoción es el que nos permite modelar y simular las posibilidades de la vida sin riesgo, sin crear temor o caos en nuestras vidas. Es sólo con nuestro amor o miedo hacia los objetos de nuestros pensamientos como infundimos vida a las creaciones de nuestra imaginación.

Sentimiento

El sentimiento sólo puede existir cuando hay pensamiento y emoción, puesto que representa la unión de los dos. Cuando sentimos, estamos experimentando el deseo de nuestra emoción fusionada con la imaginación de nuestros pensamientos. El sentimiento es la clave de la oración, al igual que nuestro mundo de los sentimientos lo es para la creación. Cuando atraemos o repelemos a otras personas, situaciones y condiciones que encontramos en nuestra experiencia, quizá deberíamos observar nuestros sentimientos para comprender la razón.

Por definición, para tener un sentimiento, en primer lugar hemos de tener un pensamiento y una emoción. El reto para desarrollar nuestro nivel más elevado de dominio personal es reconocer qué pensamientos y emociones representan nuestros sentimientos.

De estas simples y hasta quizá demasiado simplificadas definiciones, es evidente por qué es imposible «pensar sin más» en experiencias aterradoras y dolorosas. El pensamiento sólo es un componente de nuestra experiencia, «ver» en nuestra mente los posibles resultados. El dolor, sin embargo, es un sentimiento, el producto de nuestro pensamiento alimentado por el amor o el odio hacia lo que nuestra mente cree que ha ocurrido. Los maestros esenios, con esta fórmula, nos invitan a sanar los recuerdos de nuestras experiencias más dolorosas cambiando la emoción de la propia experiencia.

Como antigua base para el axioma moderno «la energía sigue a la atención», una parábola concisa del perdido Evangelio Q describe este concepto: «Quien quiera proteger su vida, acabará perdiéndola». Estas engañosas y breves palabras explican por qué a veces atraemos a nuestras vidas experiencias que son las últimas que habríamos deseado tener. En este ejemplo, mientras nos preparamos y defendemos contra todas las posibilidades y situaciones en las que podríamos perder nuestras vidas, el modelo sugiere que en realidad estamos llevando la atención a esa misma experiencia que estamos intentando evitar. Al no querer, creamos la condición que permite que suceda. En lugar de centrar nuestra atención en lo que no queremos, es mucho mejor identificamos con lo que queremos traer a nuestras vidas y vivir con esa perspectiva. Justamente las afirmaciones proporcionan un maravilloso ejemplo de este principio.

Últimamente, las afirmaciones se han hecho muy populares entre los seguidores de algunas enseñanzas esotéricas y espirituales. En estas tradiciones se sugiere que al afirmar, muchas veces al día, las cosas que elegimos experimentar en nuestra vida, estas llegan a suceder. En general, cuanto menos complicada sea la afirmación, más claro será el efecto. las palabras de nuestras afirmaciones con frecuencia reflejan un deseo de cambio en la vida, como por ejemplo: «Mi pareja perfecta se está manifestando para mí en este momento» o «Estoy desbordante ahora y en todas las manifestaciones futuras».

Conozco personas que llevan sus afirmaciones hasta el grado de convertirlas en una disciplina formal. Empiezan a prepararse en el aseo con notas pegadas alrededor del espejo, recordándose las afirmaciones. Cuando cogen el coche para ir al trabajo por la mañana, pegan las notas en el salpicadero y se las cuelgan en los retrovisores. En el trabajo en su despacho las pegan en la mesa, en el tablón de notas y en la pantalla del ordenador; cada nota es como un recordatorio de esas cosas que han elegido cambiar o traer a sus vidas.

Es evidente que a algunas personas las afirmaciones les han abierto poderosas puertas. Por primera vez, las personas han empezado a sentirse dueñas y responsables de las cosas que les pasan en la vida. A algunas personas las afirmaciones les han funcionado; sin embargo, a otras muchas no. Tras meses de innumerables repeticiones de recordatorios creativos sin resultado alguno, sencillamente han dejado de repetir las afirmaciones. Nuestro antiguo modelo de pensamiento, emoción y sentimiento podría ayudar a esas personas a comprender lo que ha sucedido o lo que no ha sucedido.

CUANDO LA ORACIÓN NO FUNCIONA

No hace mucho hice una encuesta informal entre los participantes de mis seminarios respecto a la oración. Utilicé los resultados para proporcionar un ejemplo actual de la naturaleza de la oración en ese tipo de audiencia en particular. Cada encuesta empezaba con la pregunta: «Cuando rezas, ¿qué pides?». Me puse un tablón con las hojas y delante de él iba registrando los múltiples y variados escenarios que habían descrito los miembros de cada grupo. Después de seis meses de estas encuestas informales, de públicos que eran una muestra representativa de distintos estratos sociales, étnicos, geográficos y de edad, pude definir cuatro propósitos para orar: para conseguir más dinero, un trabajo mejor, tener buena salud y mejorar las relaciones, justamente en este orden.

Orar por   Pensamiento   Sentimiento   Emoción

  1. Más dinero ? ? ? ?   ? ?
  2. Un trabajo mejor
  3. Buena salud
  4. Mejorar las relaciones

Al aplicar nuestro modelo de oración como pensamiento, sentimiento y emoción, podemos averiguar por qué funcionan nuestras oraciones y qué sucede cuando no es así. Por ejemplo, a la cabeza de la lista, lo más normal era rezar por dinero. Si queremos rezar para conseguir «más dinero», primero hemos de ser conscientes de cuánto dinero tenemos. Si rellenamos los espacios en blanco a medida que nos desplazamos por la tabla hacia la derecha, obtendremos una visión sobre la cualidad de dichas percepciones.

Cuando pedí a los asistentes que piden más dinero en sus oraciones que describieran sus pensamientos sobre él, las respuestas me llegaban desde todas las direcciones de la sala. Como cabía esperar, eran bastante similares. Frases como «no tengo bastante», «necesito más» y «se me está acabando» eran bastante frecuentes. Enseguida apunté las palabras que correspondían al apartado «pensamiento».

Antes hemos identificado el pensamiento como nuestro sistema de guía, el programa direccional para la energía que movemos en el mundo. Sin ese poder que alimenta a nuestro pensamiento, este podría existir indefinidamente como una posibilidad en nuestra mente. El potencial del pensamiento sin la energía que lo alimenta, es lo que conocemos como deseo. Para que nuestro pensamiento tenga fuerza, hemos de infundirle energía; quizás esta sea la respuesta a por qué nuestras oraciones a veces parecen no tener respuesta.

Cuando no está el poder que da vida a nuestras afirmaciones, éstas pueden existir indefinidamente como un potencial, como deseos bienintencionados.

Es nuestro don de la emoción el que confiere poder a la posibilidad de nuestro deseo. Al reconocer que podemos elegir amor o miedo como la emoción que alimenta a nuestro pensamiento, es más frecuente que basemos nuestra necesidad en el segundo. Cuando decimos que «necesitamos más» o que se «nos está acabando», generalmente la emoción que está detrás de estas afirmaciones es el miedo. Aun reconociendo que puede haber excepciones, he colocado la palabra «miedo» a la cabeza de la categoría «emoción» en nuestra tabla. Con estos elementos de la oración aparentemente simples, adquirimos una claridad tremenda acerca del mecanismo de cómo y por qué nuestras oraciones funcionan en el modo en que lo hacen.

Con los resultados de esta tabla delante, planteo la siguiente pregunta: cuando unimos la emoción del miedo con el pensamiento de «no tengo suficiente», ¿qué sentimiento obtenemos?

La respuesta suele ser el silencio. No me sorprende, porque el sentimiento es distinto para todos. La palabra que utilizamos para describir el sentimiento no es importante. Lo que importa es el sentimiento.

-¡Venga! -les vuelvo a preguntar-. ¿Cómo os sentís cuando pensáis que no tenéis dinero y experimentáis la emoción del miedo?

-¡Uf! -oigo exclamar desde algunas partes de la sala. -¡Fatal! -dice alguien.

-Justamente -respondo yo-. Ahí es precisamente adonde quiero llegar. -A través de nuestros sentimientos, de la unión invisible de pensamiento y emoción, escogemos las situaciones que condicionan nuestra vida. Cuando imaginamos un resultado con el ojo de nuestra mente y somos conscientes de la emoción que lo está alimentando, forjamos el sentimiento. Para comprender lo que hemos creado, basta con mirar el mundo que nos rodea. ¿Cómo vamos a crear dinero, relaciones y salud si los sentimientos que alimentan a nuestra creación son «fatal» y «uf»? Los sentimientos de desvalorización alimentan precisamente la creación de esa experiencia contraria a la que deseamos tener en nuestra vida, el sentimiento de falta de autoestima. Casi todas las personas presentes ya han escuchado los principios del ejercicio. Quizá lo que les resulte nuevo sea la oportunidad de poder comprender qué es lo que les había sucedido en el pasado cuando rezaban. Ahí es donde empieza nuestra sanación.

Al repasar juntos estos ejercicios, en menos de diez minutos, con la ayuda de un sencillo tablón para colgar hojas, es posible ilustrar el mecanismo de lo que puede que sea el poder más grande de la creación. ¡Es la dicha que surge de recordar nuestro poder para traer bienestar, abundancia, salud, seguridad y felicidad a nuestras vidas, que se había perdido en Occidente hace mil quinientos años! Además de identificar cómo funciona nuestra tecnología interna de la oración, también tenemos que cambiar los elementos de nuestra oración para que nos sirvan mejor en el futuro.

Tras decir esto, inmediatamente se establece esta comprensión entre los participantes. Oigo un suspiro, luego otro y otro. Cada uno acentuado con brotes de risitas nerviosas, quizás en un esfuerzo para disipar la intensidad del momento. Al mirar los rostros de los asistentes, tengo el privilegio de contemplar el inicio del milagro.

 

EL CALDO DE LA CREACIÓN

Con los años, he aprendido muchas cosas de las personas que he conocido en distintos lugares. Aunque cada grupo de participantes es único, hay aspectos universales que conectan a cada grupo de cada ciudad con la experiencia común de formar una sola familia. Hacer una pregunta es uno de esos aspectos. Hay personas que se arman de valor para hacer una pregunta, mientras que otras, que se encuentran en el mismo lugar y se están preguntando lo mismo, no lo expresen. Algunas personas puede que sean conscientes de su pregunta, pero se sienten cohibidas para exponerla delante de un grupo. Otras, hasta que no la oyen en boca de otro no dicen: «Sí, yo me estaba preguntando lo mismo». Yo disfruto con esos momentos. Nuestros grandes momentos de comunicación se producen cuando hay la oportunidad de interactuar y aclarar cosas entre todos.

En una de las primeras oportunidades que tuve de presentar los conceptos de la oración en un taller, un señor que estaba sentado en las primeras filas, lanzó un suspiro que todo el mundo pudo oír. ¡Sin duda consiguió acaparar mi atención! Al mirarle, vi una expresión de inseguridad en su rostro. Busqué un modo de reconocer la frustración del hombre sin mirarle directamente, y quizá con ello hacerlo sentirse molesto; me dirigí entonces al público y dije: «¿Hay alguna pregunta?».

El hombre del suspiro aprovechó inmediatamente la oportunidad. Era un hombre de unos treinta y cinco años, y tenía un codo apoyado sobre la mesa que compartía con los demás de su fila. Apoyaba informalmente la barbilla en su mano abierta situada debajo de la mandíbula. Mientras me dirigía hacia él para escuchar su pregunta, colocó su lápiz sobre la mesa cerca de su cuaderno de notas. Miré rápidamente la página que tenía delante. Estaba llena de notas, diagramas y garabatos. Pude ver que este hombre había estado ocupado. Comenzó a hablar con otro gran suspiro.

-Ya he oído esto antes -dijo, manteniendo la barbilla apoyada en su mano-. Llevo muchos años en el «camino» y he estado con muchos maestros. De un modo u otro, todos han dicho lo mismo. Lo que está diciendo no es nada nuevo. Sin embargo, ha habido algo en lo que nunca había caído en la cuenta hasta ahora. ¿De qué modo nuestros sentimientos internos pueden tener algún efecto sobre lo que sucede en el mundo exterior?

Recordé la conversación que había tenido meses antes con mi madre. La idea de que el componente sutil del pensamiento, sentimiento y emoción pudiera tener algún efecto sobre el mundo físico de moléculas, átomos y células era un misterio para mi madre, al igual que para ese señor. Empecé con una explicación que he usado como una analogía en muchas ocasiones con el paso de los años. Procede de un experimento que recuerdo haber realizado en una fase temprana de mi vida para probarme los principios de los que estábamos hablando.

-El caldo de la creación existe como un estado de posibilidades -empecé-. Todos los componentes para cualquier cosa que podamos llegar a concebir, incluyendo la propia vida, existen en ese estado de posibilidad. Aunque allí están los componentes para formarlas, no hay ningún desencadenante que las «empuje» a moverse. Esta idea es muy similar a hacer una barra de caramelo de colores con una jarra de agua a la que le hemos añadido mucho azúcar. Podemos añadir muchas cucharadas de azúcar en el agua y ver cómo se disuelve y desaparece. Aunque ya no vemos el azúcar, sabemos que hay varias cucharadas en esa agua.

»El azúcar permanece en el mismo estado, invisible, hasta que llega algo que cambia las condiciones del agua. A eso lo llamamos catalizador, algo que desencadena una nueva oportunidad para que el agua y el azúcar interactúen. El desencadenante puede ser algo tan simple como colocar una cuerda de fibra en el agua. Cuando el agua impregnada de azúcar se absorbe en la cuerda, se evapora y se separa del azúcar. Al no haber agua, el azúcar se cristaliza en una nueva expresión de sí mismo, en los diminutos cristales que siguen las leyes del aire más que las del agua. Diferentes temperaturas y presiones representan distintas leyes y producen cristales diferentes.

»Cuando creamos sentimientos sobre las cosas que queremos experimentar en el mundo, estos son como la cuerda en la solución de azúcar. Entre las posibilidades de la creación colocamos una imagen de sentimientos, con la energía suficiente para hacer realidad una nueva posibilidad. Sin embargo, la clave de este sistema es que la creación devuelve precisamente lo que nos ha mostrado nuestra Imagen. La imagen le dice al caldo creativo dónde hemos puesto nuestra atención. La emoción que asociamos a nuestra imagen atrae la posibilidad de la misma. Cuando «no queremos» algo -Una emoción que se basa en el miedo-, nuestro miedo está aumentando eso que no queremos.

Estas leyes nos invitan a robustecer nuestras elecciones centrándonos en las experiencias positivas que hemos elegido más que preparándonos para las cosas negativas que no deseamos. La creación simplemente produce la consecuencia de nuestro sentimiento, perpetuando aquello que hemos imaginado. Este es el antiguo secreto de un modo olvidado de oración, algo que se perdió en el siglo iv.

Vi el cambio de expresión en la cara del hombre. En cuestión de segundos, este sencillo experimento, que hoy en día se realiza en potes de mayonesa expuestos a la luz solar en innumerables alféizares de ventanas de incontables aulas alrededor del mundo, explicaba una posibilidad que le había desconcertado durante años.

¿CÓMO ORAMOS?

Tras él ejercicio de afirmaciones y oración, pregunté a los participantes si sentían que sus oraciones en el pasado habían tenido respuesta. Al principio hubo silencio, dudaban en responder. Poco a poco la gente empezó a levantar la mano para decir «no» o «sólo a veces». Estas personas me estaban diciendo que para las categorías de la oración concernientes al dinero, trabajo, relaciones y maestros, muchos sentían que sus ruegos no habían sido escuchados.

Mi siguiente pregunta fue: «¿Por qué?». ¿Adónde recurrimos para comprender la sofisticada tecnología de la oración y cómo la aplicamos a nuestras vidas? Los investigadores de la oración, por razones de estudio, dividen las múltiples aplicaciones y métodos de oración utilizados en Occidente en grandes categorías. Por ejemplo, Margaret Paloma, profesora de sociología en la Universidad de Akron (Ohio), identifica cuatro clases o modos, que describo a continuación.

Oración coloquial

Nos comunicamos con Dios con nuestras propias palabras, describiendo informalmente nuestros problemas o dando las gracias por las bendiciones que recibimos en nuestras vidas: «Amado Dios, por favor, permite por esta vez que mi coche llegue a la gasolinera que está en la próxima salida de la autopista, te prometo que nunca volveré a dejar que se me acabe la gasolina».

Oración de petición

En este tipo de oración pedimos nuestro bien a las fuerzas creativas de nuestro mundo para obtener cosas o resultados específicos. La oración de petición puede ser formal o con nuestras propias palabras: «Poderosa presencia “Yo soy”, reclamo mi derecho a sanar».

Oración ritualista

Aquí repetimos una secuencia determinada de palabras, quizás en ocasiones especiales o en momentos concretos. Las oraciones antes de irse a dormir como el «Con Dios me acuesto…», o el «Señor, bendice los alimentos que vamos a tomar… » antes de las comidas, son ejemplos por todos conocidos.

Oración meditativa

Una oración meditativa es la que trasciende las palabras. En meditación estamos en silencio, quietos, abiertos y conscientes de la presencia de las fuerzas creativas dentro de nuestros mundos y nuestros cuerpos. En nuestra quietud, dejamos que la creación se exprese a través de nosotros en ese momento.

Para muchas personas, la práctica de la meditación va más allá de la oración. En el sentido más estricto de la palabra, si la meditación implica un pensamiento, un sentimiento y una emoción, puede ser definida como meditación y oración.

Los cuatro modos descritos, utilizados individualmente o combinados, constituyen el grueso de las modalidades de oración que se emplean en Occidente.

En mi experiencia de las tradiciones indígenas o esotéricas, siempre ha habido referencias a un modo de oración que nunca ha parecido encajar en ninguna de estas categorías. Los viajes a algunos de los lugares más sagrados de la Tierra me han revelado un modo de oración que está reservado para los iniciados y los estudiantes serios de temas espirituales. Las paredes de los templos de Egipto, las costumbres de los amerindios del Norte y los curanderos de las montañas de Perú me han enseñado una forma de oración que no parece ser conocida en las tradiciones occidentales.

¿Es posible que exista un quinto modo que nos permita fusiona nuestros pensamientos, sentimientos y emociones en una única y potente fuerza de creación? Además, ¿es esta la fuerza que abre directamente la puerta a los procesos de sanación en nuestro cuerpo y en el mundo? Tanto los textos antiguos como los estudios modernos nos dan a entender que así es.

Los ejemplos del cáncer curado, de la desaparición de la herida del cuello, la compresión del tiempo en el desierto del Sinaí y la misteriosa contraorden del bombardeo de Iraq nos ofrecen pistas sobre el secreto que envuelve a nuestro olvidado método de oración. Gracias a nuestra nueva comprensión del tiempo y de los puntos de elección, la física cuántica considera la posibilidad de cada uno de estos aparentes milagros como productos que ya existen. El secreto de nuestro olvidado método de oración es cambiar nuestra visión de la vida sintiendo que el «milagro» ya se ha producido y que nuestras oraciones ya han sido escuchadas. Los pueblos indígenas del mundo comparten el recuerdo de esta oración en sus textos más sagrados y en sus tradiciones más antiguas. Ahora tenemos la oportunidad de atraer esta sabiduría a nuestras vidas en forma de oraciones de gratitud por lo que ya tenemos, en lugar de pedir para que nuestras oraciones sean escuchadas.

Libro EL EFECTO ISAÍAS – Gregg Braden.